Cuidar a los gatos de una colonia felina puede afectar a la salud mental: cómo lidiar con la ansiedad, la hipervigilancia y la culpa
El vínculo con un animal puede cambiar una vida. Pero también puede romperla. Y este es probablemente uno de los temas más difíciles de abordar dentro del bienestar animal porque toca algo profundamente humano: la necesidad emocional de sentir que salvamos. Cuando una persona empieza a cuidar animales, lo hace desde la empatía más absoluta. El problema es que, si no existe reflexión emocional alrededor de ese vínculo, el cuidado puede acabar convirtiéndose también en sufrimiento.
Y eso ocurre muchísimo más de lo que parece dentro de la gestión felina, saber discernir cómo nos relacionamos con la adversidad es una buena forma de saber ser feliz. Convivir constantemente con abandono, enfermedad, atropellos, hambre, camadas o muerte transforma emocionalmente a quien cuida. Poco a poco aparece una sensación muy concreta: la idea de que descansar es abandonar. De que poner límites es egoísmo. De que parar significa no querer suficiente. Y ahí es donde el apego deja de ser cuidado para convertirse en desgaste.
La compasión implica cuidar entendiendo la realidad tal como es. El apego aparece cuando necesitamos controlar esa realidad para no sufrir. Y eso cambia completamente la relación con el bienestar animal y con la realidad. Muchas veces el sufrimiento no nace solo del dolor que viven los animales, sino de nuestra incapacidad para aceptar que no podemos evitar todo el sufrimiento del mundo.
Estos problemas aparecen cuando alguien no devuelve a un gato comunitario perfectamente adaptado a su colonia porque emocionalmente necesita sentir que “lo ha salvado”; aparecen cuando se acumulan animales sin capacidad real de atenderlos correctamente; y aparecen cuando no se comparte información ni trabajo por orgullo o miedo a perder reconocimiento. Todo eso suele nacer del mismo lugar: un vínculo emocional desbordado. Los humanos funcionamos desde el apego, la recompensa y la necesidad de sentido emocional: nos hace sentir útiles, importantes, queridos, conectados con algo más puro que muchas relaciones humanas.
El problema aparece cuando toda nuestra estabilidad emocional depende únicamente de seguir salvando constantemente, de reconocimiento, de alabanzas. Porque entonces ya no cuidamos desde el equilibrio. Cuidamos desde el miedo: a perder, a fallar, a no llegar, a que algo malo ocurra si dejamos de sostenerlo todo y a creer que somos imprescindibles y que nadie más podrá cuidar como lo hacemos nosotras.
Es ahí donde empieza el desgaste invisible que viven muchísimas gestoras de colonias: ansiedad, hipervigilancia constante, culpa permanente, insomnio, aislamiento, problemas económicos, sensación de no hacer nunca suficiente, dificultad para descansar, relaciones personales deterioradas e incluso una pérdida progresiva de capacidad para disfrutar de la vida fuera del cuidado animal.
La fatiga por compasión existe. Y está ampliamente reconocida en profesiones sanitarias, sociales y de protección animal. Porque convivir constantemente con sufrimiento acaba modificando la manera en que el cerebro responde emocionalmente al mundo. El bienestar animal no puede sostenerse únicamente desde el sacrificio emocional de las personas cuidadoras. Necesita estructura. Redes. Profesionalización. Apoyo institucional. Descanso. Y salud mental.
Ningún sistema basado en personas agotadas puede sostener bienestar real a largo plazo: el sufrimiento aumenta cuando confundimos amor con posesión emocional. Cuando necesitamos retener, controlar o evitar constantemente aquello que inevitablemente cambiará. Y quizá eso también tiene mucho que enseñarnos dentro de la gestión animal. Porque querer muchísimo a un animal no siempre significa estar tomando la mejor decisión para él.
A veces querer también significa respetar su naturaleza aunque no coincida con nuestras necesidades emocionales. Aceptar que necesitas ayuda para cuidar de la colonia que has decidido gestionar. Entender que no todos los animales pueden salvarse. Y asumir que acompañar también implica aceptar pérdida, enfermedad y muerte sin destruirnos completamente en el proceso. Eso no nos convierte en personas frías. Nos convierte en personas capaces de cuidar de forma sostenible.
El verdadero compromiso con el bienestar animal no debería medirse únicamente por cuánto sufrimos por ellos, sino también por nuestra capacidad de seguir cuidando sin desaparecer emocionalmente por el camino. Y entender eso probablemente sea una de las formas más difíciles —y más honestas— de compasión.
Soy educadora en el vínculo humano-felino, especializada en el comportamiento de las gatas y los gatos, formada en Antrozoología y en la IAABC con certificación internacional. Busco el beneficio para la vida de todos los seres vivos.
Contenido original en https://www.lavanguardia.com/mascotas/20260529/11549682/cuidar-gatos-colonia-felina-afectar-salud-mental-como-lidiar-ansiedad-hipervigilancia-culpa.html
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