Gabrielle Dargaud: la incansable protectora de los gatos de Cadaqués que recorre diez kilómetros diarios
A sus 82 años, Gabrielle Dargaud se ha convertido en una figura inseparable del paisaje de Cadaqués. Cada mañana camina entre ocho y diez kilómetros por calles empedradas, olivares y rincones apartados para supervisar las colonias felinas del municipio. Preside la asociación Amics de ses Animals de Cadaqués, una entidad que nació por su iniciativa personal y que hoy reúne a una veintena de personas dispuestas a colaborar de forma altruista. En el pueblo algunos la llaman «la bruja castradora», un apodo que ella se toma con humor.
Esa fama de mujer de carácter firme no le molesta. «Soy una cabeza cuadrada, me lo dice la gente desde hace muchos años. Y estoy contenta de serlo, porque si no, no funcionaría la protectora», declara. Para Gabrielle, esa manera de ser no es ninguna carga, sino una herramienta imprescindible para sacar adelante un trabajo que considera inaplazable. Su determinación es absoluta cuando el bienestar de los animales está en juego.
De una iniciativa personal a una protectora consolidada
Gabrielle tiene doble nacionalidad suiza y francesa. Llegó a Cadaqués hace veintitrés años, después de haber vivido y trabajado en varios países. Su relación con los animales, sin embargo, venía de mucho antes. Durante los años que pasó en Andalucía con su marido ya se dedicaba a recoger gatos de la calle. «Es algo que llevábamos dentro», recuerda.
Al instalarse en la localidad costera mantuvo aquella manera de actuar. Empezó a alimentar y a castrar a los gatos que encontraba. Lo que en un principio parecía una labor individual acabaría transformándose en una asociación que hoy trabaja para mantener controladas las colonias de gatos ferales. Su casa, cerca de la iglesia, está en un lugar muy transitado, lo que aprovecha para explicar la labor de la protectora a turistas y vecinos, siempre con el objetivo de recaudar fondos para mantener sanos a los animales.
Una ronda diaria que nunca falla
Cada día repite el mismo circuito, a la misma hora. «La gente me conoce porque me ve cada día haciendo el mismo circuito y a la misma hora», comenta. No se limita a repartir comida: también comprueba que haya agua, que los espacios estén limpios y que todo funcione correctamente. Son entre ocho y diez kilómetros de caminata diaria, en un recorrido que reparte entre las distintas colonias.
«La gente me conoce porque me ve cada día haciendo el mismo circuito y a la misma hora»
La constancia de Gabrielle ha logrado cambios notables. Cuando llegó al pueblo, calcula que había más de 1.500 gatos, con una esperanza de vida de solo cuatro o cinco años. Ahora las colonias están mucho más controladas y la entidad tiene registrados poco más de 300 animales. La labor diaria incluye:
- Repartir alimento en cada colonia.
- Garantizar el suministro de agua y la limpieza de los espacios.
- Realizar esterilizaciones para evitar el crecimiento incontrolado.
- Mantener el contacto con los propietarios de los terrenos donde se actúa.
El trabajo no lo hace sola. Una veintena de voluntarios se reparten las colonias y acuden cada día. Esta red también ayuda a conservar una buena relación con los vecinos y a prevenir conflictos. La mayor parte de los puntos de alimentación se encuentran en terrenos privados y olivares, pero en todos estos años, dice, casi nunca han tenido problemas con los propietarios.
Una batalla económica permanente
Proteger a los animales es, en palabras de Gabrielle, una «lucha sin fin». Una parte importante de esa batalla consiste en conseguir recursos para sostener la asociación. La entidad necesita unos 12.000 euros anuales solo para alimentar a los gatos. En más de dos décadas, Gabrielle calcula que ha recaudado cerca de 200.000 euros destinados al bienestar de los gatos comunitarios.
Cuando las donaciones no bastan, ella misma pone dinero de su bolsillo. «La última vez tuve que pagar 5.400 euros de dos pedidos», confiesa. Su implicación económica encaja con una manera de vivir austera. «No soy una persona rica, pero no gasto en nada y todo lo hago por los animales», dice. Una forma de apoyar esta labor es adquirir y donar productos como comida para gatos callejeros, comederos para gatos o jaulas trampa para gatos, elementos útiles en las tareas de alimentación y esterilización.
Gabrielle también reclama transparencia en la gestión de la entidad y se muestra crítica con lo que considera que no funciona. Esa postura le ha provocado desacuerdos con el Ayuntamiento, en una batalla particular que, según ella, aún no ha terminado. «Es una lucha perpetua contra las personas que no quieren a los animales», resume.
Reconocimiento y apoyo vecinal
A pesar de los conflictos, Gabrielle asegura que también recibe mucho apoyo. «Hay gente que respeta el trabajo realizado y que está muy contenta. Recibo el agradecimiento de muchas personas y del pueblo», explica. Su firmeza le ha valido más de un apodo, pero detrás de la etiqueta de «bruja castradora» hay una mujer que no oculta dificultades ni discrepancias.
No busca reconocimiento ni éxito personal. Su recompensa es continuar con un trabajo que considera necesario. «Es solo hacer las cosas lo mejor posible y que los animales estén en buenas condiciones», concluye. Con 82 años y diez kilómetros diarios a sus espaldas, Gabrielle Dargaud sigue demostrando que la determinación individual puede cambiar la realidad de un pueblo entero.
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