El arte de acariciar a un gato: claves para un vínculo respetuoso y placentero
Quien convive con un felino sabe que acariciarlo es uno de los momentos más gratificantes del día. Pero esa sensación va mucho más allá de una simple percepción personal. La veterinaria Bárbara Febrel, del centro Clinicanimal, explica que «el contacto con un gato y el vínculo emocional que se crea favorece la liberación de hormonas relacionadas con la relajación y la reducción del estrés, tanto en las personas como en los propios animales». Incluso se ha investigado que la frecuencia del ronroneo produce en las personas una sensación de seguridad parecida a la de otros estímulos naturales relajantes, como el sonido del mar o el viento.
Sin embargo, en esta convivencia tan especial solemos pasar por alto un hecho esencial: los gatos no son objetos de peluche que podamos abrazar a nuestro antojo. Tienen sus propias necesidades, sus tiempos y, sobre todo, unos límites muy claros. Ignorarlos puede transformar un gesto cariñoso en una fuente de estrés para el animal. La etóloga Pilar Guerrero, conocida en Instagram como @vetfelina y autora del libro Cómo lograr que tu gato sea feliz, advierte: «Que un gato te permita que le toques no significa que lo esté disfrutando. Lo que siempre deberíamos buscar es que el contacto sea disfrutado también por el animal». Y añade: «Que el gato sepa que en cualquier momento puede venir alguien a tocarlo cuando no quiere le genera un estrés diario. Y el estrés, a la larga, son enfermedades».
La clave: respetar los tiempos y límites del gato
Lo más recomendable es dejar que el felino tome la iniciativa. «Los gatos suelen disfrutar más de las relaciones tranquilas, previsibles y sin imposiciones. Es mejor dejar que se acerquen por iniciativa propia», indica Febrel. También conviene tener en cuenta la personalidad de cada animal, porque cada uno tiene su carácter, como subraya Guerrero. Los hay más o menos cariñosos, y conocer su nivel de sociabilidad es fundamental para no forzar el contacto.
Por ejemplo, Guerrero explica que «en un gato medio —uno que disfruta las caricias pero no le superencantan todo el rato— hay momentos de mucho mimo». Pone como caso el de su propio gato, Curry: «Por la mañana temprano, cuando me levanto, me acepta y disfruta las caricias. Y esto es muy común». Otro momento propicio es «cuando estás en el sofá con la mantita y viene y se te sube encima; entonces puedes acariciarle». En esos instantes el gato busca expresamente el contacto y es más probable que la experiencia sea positiva para ambos.
Zonas seguras para las caricias… y una zona prohibida
«La mayoría de los gatos disfrutan de las caricias suaves en zonas como la cabeza, detrás de las orejas, las mejillas o debajo de la barbilla», detalla Febrel. Guerrero añade un movimiento infalible: trazar «una línea que va desde los hombros y cruza todo el gato hacia la cola. Es decir, desde la cabeza, toda la línea del lomo». Esa caricia larga y continua suele ser muy bien recibida.
Pero existe una zona que jamás debemos tocar: la barriga. Aunque un gato se tumbe boca arriba mostrando su vientre —lo cual es un signo de máxima confianza y comodidad—, eso no implica una invitación a acariciarlo allí. Tocarlo en esa zona rompe su seguridad. Guerrero explica que «la barriga es su zona más vulnerable». Allí se encuentra la bolsa primordial, ese pliegue de piel y grasa que cuelga en el abdomen y que a menudo se confunde con obesidad. «Es una protección natural de esa zona tan sensible para ellos. Por eso no se toca». Febrel señala que «acariciar zonas que suelen resultar más sensibles, como la barriga o la base de la cola» es uno de los errores más frecuentes entre los dueños.
- Zonas seguras: cabeza, detrás de orejas, mejillas, debajo de la barbilla, a lo largo del lomo.
- Zona prohibida: la barriga, por su alta sensibilidad y vulnerabilidad.
- Otro error común: insistir en el contacto cuando el gato ya muestra señales de incomodidad.
Señales que indican que el gato ya no quiere más contacto
Saber cuándo detenerse es tan importante como saber cómo acariciar. Un gato que disfruta del contacto tiene el cuerpo suelto, relajado, y suele mostrar un parpadeo lento, casi como un guiño de confianza. Sin embargo, Guerrero advierte que si empezamos a ver que «las pupilas se dilatan, las orejas se ladean hacia los lados o hacia atrás, o la cola se mueve como un látigo», es momento de parar inmediatamente.
«Dar una caricia en la cabeza o dos y ya está. De esta forma garantizamos que el animal no tenga que llegar al extremo de comunicarnos que ya tiene suficiente con un bufido o un mordisco ligero.» — Pilar Guerrero
Este sencillo truco de la brevedad asegura que cada interacción termine en un punto positivo. El gato aprende que las caricias son agradables y breves, y no las asocia con una situación invasiva. Para reforzar este aprendizaje, algunos cuidadores utilizan pequeños premios o juguetes interactivos que fomenten la confianza y el juego después de la caricia.
El ronroneo: no siempre es sinónimo de placer
Uno de los mitos más extendidos es que el ronroneo siempre indica bienestar. En realidad, se trata de una vibración de la laringe que puede aparecer en distintos contextos y con significados diferentes. Guerrero diferencia un ronroneo de solicitud —por ejemplo, al pedir comida— de uno de no solicitud, que es el que suele acompañar a las caricias. Pero advierte: «Los gatos también ronronean para calmarse si están estresados». Febrel añade que, aunque el ronroneo se asocia comúnmente al bienestar, también puede manifestarse ante miedo, ansiedad o dolor. Por eso es fundamental valorar el contexto y el lenguaje corporal en conjunto, sin fiarse únicamente del sonido.
Contenido original en https://www.elcorreo.com/vivir/tendencias/sabes-forma-correcta-acariciar-gato-20260606103302-ntrc.html
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