Donostia en 2026: un paseo por la memoria entre gatos, letreros y turistas
Imaginemos que retrocedemos exactamente 75 años. Las calles de San Sebastián aún conservan ese aroma a mar y a posguerra, pero también respiran un nuevo aire de recuperación. Hoy, con la ayuda de antiguos artículos del Diario Vasco, reconstruimos ese mosaico de pequeñas escenas cotidianas que dibujaban la vida donostiarra de junio de 1951. Desde la mirada indolente de un gato tras un escaparate hasta las quejas por la falta de agua caliente, cada detalle revela una ciudad que empezaba a mirar al futuro sin dejar de lado sus costumbres.
La siesta imperturbable de dos felinos urbanos
El 12 de junio de 1951, en la sección Ecos de Sociedad, se describía una estampa que bien podría parecer un cuadro costumbrista. Un gato había elegido como dormitorio el lavabo de muestra de un comercio en la calle Bengoechea. Allí, ajeno al bullicio, se entregaba a su siesta diaria con una placidez que desafiaba a cualquier transeúnte. «Ya puede usted golpear el cristal, ya puede usted crear el mayor ruido, mas no logrará despertar al felino», aseguraba la crónica.
«En otro escaparate de la calle Andía otro gato ha sentado sus reales. No hace caso a nadie y mira a través del vidrio sin que sepamos a quién mira y en qué piensa. Estos dos gatos se saben seguros y sueñan tranquilos con sus ratones y tejados. Con sus lunas y aleros. Con sus bocartas. Con sus temidos perros...»
Esa capacidad de abstracción felina, tan característica, convertía a estos animales en improvisados embajadores de la vida pausada que todavía se respiraba en la ciudad. Para los amantes de los gatos que quieran recrear esa atmósfera de tranquilidad en casa, existen opciones como una cama especialmente diseñada para que los mininos descansen plácidamente o un set de juguetes con forma de ratón que despierta su instinto cazador. Sin embargo, ningún accesorio moderno iguala la autenticidad de aquella escena espontánea en los escaparates donostiarras.
El caos de la rotulación: calles sin nombre y placas ilegibles
No todo eran estampas poéticas. En la misma fecha, la columna Saski-naski señalaba un problema práctico que afectaba tanto a vecinos como a visitantes: la pésima señalización de las calles. La crítica era contundente:
- Suciedad y deterioro: muchas placas indicadoras estaban cubiertas de mugre, desconchadas o con la pintura tan desgastada que resultaban casi ilegibles.
- Ausencia total de letrero: por ejemplo, en la entrada de la calle San Francisco desde la Avenida de Navarra ni siquiera existía un cartel que la identificara.
- Falta de puntos intermedios: en las vías largas, no había ningún rótulo hacia la mitad del recorrido, lo que obligaba a andar hasta el principio o el final para leer el nombre, o a preguntar a los transeúntes.
«Además de ser conveniente colocar la rotulación al comienzo y al final de cada ''rue'', creemos que no estaría de mal poner, cuando las calles son largas, un letrero hacia su mitad que evite tener que andar preguntando o ir hasta el principio o el final para leer el rótulo»
Hoy, con la ayuda de un buen mapa actualizado de San Sebastián, resulta difícil imaginar la confusión que generaba esa falta de señalización. Pero en 1951, orientarse por las calles donostiarras requería paciencia y, a menudo, la amabilidad de un vecino.
El despertar turístico: llegada de ingleses, portugueses y suizos
El reportaje del mismo día, firmado por Alfredo R. Antigüedad, ofrecía una visión esperanzadora del incipiente turismo. En las dos semanas anteriores se había registrado un aumento notable de visitantes extranjeros. Ya no eran solo los franceses, habituales en la ciudad; ahora se sumaban:
- Un contingente extraordinario de ingleses.
- Un número significativo de portugueses.
- Belgas y suizos, que paseaban su curiosidad por los escaparates realizando compras de todo tipo.
El reportero calculaba, a bulto, que el turismo extranjero en Donostia era en 1951 cuatro veces mayor que en años anteriores. Aquel flujo de viajeros traía consigo una inyección económica vital para la ciudad, que comenzaba a recuperarse de los años más duros. Para quien quiera revivir ese espíritu viajero de mediados del siglo XX, una buena compañía puede ser un libro con guías de viaje históricas sobre España o una cámara fotográfica de estilo retro que capture la esencia de los destinos.
Las quejas del agua: un verano que se avecinaba seco
Sin embargo, no todo eran buenas noticias para los visitantes internacionales. Quizás se encontraran con un problema que ya preocupaba a los vecinos de Egia. En la sección Sirimiri del 12 de junio de 1951, se recogía la queja de un residente sobre el servicio de los baños de Atocha:
«Se lamenta de que en la casa de baños de Atocha no se puedan tomar duchas antes de las ocho de la mañana, por no haber agua caliente, y pregunta si no es posible encender la caldera a las seis de la mañana comme se hacía antes. También dice que las amas de casa de esta barriada se muestran preocupadas porque falta ya el agua en los pisos altos, a pesar de lo que ha llovido durante el invierno y la primavera. Tiemblan pensando en el verano y en que también este año les falle el agua».
La escasez de agua en los pisos elevados y la imposibilidad de una ducha temprana revelaban las carencias de infraestructuras que aún persistían. Las amas de casa de Egia temblaban ante la perspectiva de un verano sin suministro suficiente, a pesar de las lluvias invernales. Para quienes hoy quieran asegurarse de no quedarse sin agua en casa, un filtro de agua para el grifo o un calentador portátil de agua pueden ser soluciones prácticas que en 1951 ni siquiera se imaginaban.
Contenido original en https://www.diariovasco.com/gipuzkoa/memoria/1951-gatos-escaparates-donostiarras-20260612085717-nt.html
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